15 abr 2018

¿Qué te he hecho, Poseidón?

FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 1


Frente a ella tenía a uno más. Uno de sus tantos pretendientes; de cabellera hermosa, ojos relucientes como piedras preciosas, voz profunda, simpático, educado y de silueta perfecta, con unas escamas tornasol increíbles que le daban un toque elegante. El candidato perfecto... si no fuera porque apestaba peor que cualquier pez del océano. Olía profundamente a algas, como si se hubiese revolcado en ellas el día entero; tal vez lo había hecho, a juzgar por la que traía enredada en su larga cabellera.

Lo odiaba, como odiaba a cada tritón existente, porque todos olían exactamente igual.

Saber que en ninguno de los siete mares encontraría a alguien que oliera delicioso, a coral, por ejemplo, ese aroma que tanto le encantaba, era tan deprimente para una joven y bella sirena como ella que estaba en busca del amor.

En sus escasos 90 años de vida, las únicas criaturas que había conocido que no apestaban a algas eran los humanos. Aquellos seres extraños pero interesantes, con los que había convivido un par de años hacía unas cuantas décadas.

Lo recordaba bien. En aquel entonces los había estado observando a escondidas cerca de un puerto. Los miraba trabajar, interactuar, moverse sobre sus largas y extrañas piernas. Despertaban su curiosidad y poco a poco el espiarlos ya no fue suficiente, así que decidió escabullirse entre ellos.

Tomo algunas de aquellas monedas de oro que había encontrado en un barco hundido y nadó hacía una playa que a esa hora, la del atardecer, no se encontraba demasiado concurrida. Las pocas personas que se encontraban ahí no prestaban atención más que a la puesta del sol o a juguetear entre las olas, así que pudo arrastrarse con facilidad sobre la arena hasta salir completamente del mar. Los últimos rayos del sol se llevaron consigo el brillo de sus escamas, aquellas que hasta hace unos momentos relucían con el fulgor de pequeños diamantes multicolores. Sentía unos pequeños calambres recorrer su cola, la cual comenzaba a dividirse e imitar la forma de las extremidades humanas. Al mismo tiempo sus ojos que antes eran una mezcla de azul profundo y verde agua, empezaron a tornarse en un simple verde esmeralda. Su cabello pasó de un tono violáceo a un castaño muy oscuro.

Se quedó tendida en la arena un momento, hasta que la transformación terminó. Entonces miró a su alrededor, buscando. Y lo encontró; un montón de ropa, bolsos y toallas no demasiado lejos de ella. Las dueñas eran seguramente unas jovencitas que aún chapoteaban en la orilla del mar. Bueno, tendrían que perdonarla, pero en ese momento era la única forma de conseguir ropa, no pensaba pasearse por ahí desnuda, había aprendido que los humanos no reaccionaban bien ante alguien que hacía eso; exhibicionistas les decían. Así que, rápida y disimuladamente metió sus nuevos pies en un par de sandalias y tomo un vestido blanco y floreado, metiéndoselo por la cabeza mientras seguía caminando y se alejaba del lugar.

[...]


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